“Hablamos de empresas del mundo textil y del calzado conscientes de que, a la hora de poner un producto en el mercado, deben garantizar que, cuando ese producto llegue al final de la vida útil, en vez de terminar en el vertedero y mantenerse en una economía lineal, pase a una economía circular y sea aprovechable”, resaltó Juan Ramón Meléndez, director general de Re-Viste, entidad que tiene existencia jurídica desde enero de 2023, momento en que estas diez empresas se agruparon para adelantarse a la próxima normativa en Europa.
En diálogo con Cambian el Mundo, este español recalcó que prima “la convicción de un sistema colectivo”; por eso, solicitaron autorización a las autoridades españolas para operar, permiso que fue otorgado a mediados del año pasado.
Desde entonces vienen trabajando de manera voluntaria, ya que aún no se ha aprobado la legislación que obliga a las empresas a garantizar el ciclo final de la ropa y el calzado en España. Estiman que esto se pondrá en marcha en abril de 2026. “La idea fue avanzar voluntariamente para que la legislación no nos pille desprevenidos”, admitió.
En este camino, Francia dio el primer paso. Desde hace 17 años, este país dispone de un sistema obligatorio de recolección de textil y calzado, separado del resto de los residuos. A diferencia de España, el origen de esta iniciativa no provino de las empresas productoras, sino de las entidades que se encargan de la recuperación.

“Ahora Francia tiene una tasa de recogida separada del 32%; nosotros en España llevamos menos tiempo, pero, según las estimaciones, las organizaciones que vienen operando para la reutilización y el reciclado de la ropa están en el orden del 10–12%. Esto sin un sistema que lo incentive”, celebró Meléndez.
Comentó que Cáritas y diversas organizaciones sociales presentaron en Europa el concepto de Responsabilidad Ampliada del Productor, basado en que los fabricantes, importadores o distribuidores de productos deben hacerse responsables del residuo que generan dichos productos. “Esto implica que cualquier empresa que produce debe implicarse financiera y técnicamente para que el destino final de ese residuo sea circular”, definió.
Este sistema opera en Europa para envases de vidrio y plásticos, neumáticos y aceites. Nunca se había aplicado al rubro textil. Esta nueva experiencia abarca la ropa, el calzado y los textiles del hogar, como sábanas, toallas y paños de cocina.
¿Cómo funciona Re-Viste?
El espíritu es consumir lo estrictamente necesario: la lucha contra el consumo irresponsable e irracional. Por eso, también se llevan adelante campañas para promover que el ciudadano no compre de manera compulsiva.
Una vez que ese producto se convierte en residuo, la idea es llevarlo a un punto específico para que ese material sea reutilizado y reciclado. “Hoy los ciudadanos tiran la basura en los contenedores. La mayor parte del material que consumimos termina en los residuos sólidos urbanos. Y todo se mezcla: el 88% de los residuos van a contenedores y luego al vertedero. No se puede aprovechar nada”, especificó Meléndez.

Re-Viste propone una recogida separada de residuos en diversos puntos de la vía pública, como tiendas, iglesias, parroquias, hospitales o colegios, donde la gente pueda llevar su ropa y calzado, separado del resto de los residuos.
La idea es que esa ropa no se exporte a países del Tercer Mundo sin haber sido clasificada y tratada. “Hoy, la mitad de lo que se recoge en España se envía a países de África, pero esas bolsas ni siquiera fueron abiertas. De esta manera, estamos exportando residuos y no materiales que van a ser reutilizados en destino”, aclaró Meléndez y acotó que así “estaríamos trasladando el problema a un país donde la gestión es peor que en Europa”.
Ese material debe ser tratado en las plantas de clasificación. Por un lado, se prepara la ropa para la reutilización, poniéndola en condiciones para ofrecerla en las tiendas de segunda mano o entregarla a personas en situación de vulnerabilidad, a través de programas de caridad.
Aquello que no sirve porque está roto, descolorido o manchado pasa al “próximo escalón”: se arman fardos de prendas que se llevan a la planta de clasificación donde se los prepara para el reciclado. “Allí se van a clasificar las prendas por composición y color. Hay prendas de algodón 100%, de color blanco; otras de color negro; hay prendas blancas con un 90% de algodón y 10% de poliéster. Y así sucesivamente”, detalló.
¿Cuál es el objeto de esta clasificación? Que cada prenda sea sometida a un proceso de reciclado “que mejor valor pueda extraer de ella”. “El paso cuatro convierte el material clasificado en materia prima secundaria. Un hilo de algodón reciclado puede sustituir uno de algodón virgen para la producción de nuevos textiles y, en ocasiones, cuando su calidad no lo permita, se usa en otros sectores como la tapicería de coches, los paneles de aislamiento acústico para la construcción o la decoración”, dijo.

De este modo, destacó, se desvía un residuo que antes iba camino al vertedero, sin posibilidad de aprovechamiento, y se lo devuelve a la sociedad como material o materia prima secundaria. Día a día diversas empresas —incluso medianas— se van sumando a Re-Viste, y estiman que serán muchas más cuando se publique el decreto que declare el proceso de reciclado como obligatorio.
¿Cómo se sumó Meléndez a esta iniciativa? Este hombre no pertenece al rubro textil, pero hizo hincapié en que proviene de “los sistemas colectivos”, y esta experiencia fue valorada. Se requería saber cómo organizar este proceso que contempla a empresas, entidades, ayuntamientos, entidades caritativas e incluso a los gestores de residuos que se encargarán de la recogida. En este sentido, Meléndez había organizado un proceso similar con envases de vidrio a fines de los años 90 y, poco después, con cartón, plásticos y envases metálicos.
En este nuevo avance con el rubro textil y del calzado, celebró que tiene un fuerte impacto positivo vinculado a la sostenibilidad y el medio ambiente. “Evitamos que estos residuos continúen en una economía lineal. Fabricamos algo, la gente compra y luego lo desecha al vertedero. Es un desperdicio de recursos. Usamos materias primas que extraemos de la naturaleza y las despilfarramos. Aquí convertimos esos residuos en materia prima secundaria, nos focalizamos en un uso eficiente de los recursos. Todos estos procesos reducen las emisiones de dióxido de carbono, así como el gasto de agua y energía”, consideró.
Pero, a la vez, este proceso genera actividad económica y valor añadido. “En España —y en Europa— hay que dejar de depender de determinados materiales que provienen de otros países como Asia y otros mercados”, resaltó. También acotó que “estos procesos, especialmente en las primeras fases, que por lo general son manuales, requieren una importante cantidad de mano de obra y facilitan la reinserción de muchas personas excluidas socialmente”.
En las últimas fases, hay menos mano de obra y se usa más tecnología. De modo que el impacto se da a nivel de la investigación y el desarrollo. “Probablemente en 2026 se avance en algún estudio para tratar de cuantificar cuánto empleo se genera a medida que recogemos más ropa y calzado”, concluyó.











