Una caja abandonada junto a un montón de residuos cambió la vida de un conductor de camión recolector en Bogotá. Al acercarse, José Alberto Gutiérrez descubrió que el contenido intrigante se trataba de libros. El hallazgo le despertó recuerdos de su infancia y sembró una idea que le dibujó una sonrisa: convertirse en puente entre esos ejemplares olvidados y las personas que nunca habían tenido fácil acceso a ellos.
Fue una noche de 1997, mientras realizaba su recorrido habitual como conductor de un camión recolector de residuos, José vio algo que llamó su atención. Junto a la basura había una caja de cartón. No parecía un desecho cualquiera. Estaba cuidadosamente acomodada, como si alguien hubiera querido proteger su contenido antes de abandonarla. Cuando la abrió, descubrió decenas de libros. “Gracias al universo que me encontré esa caja”, recuerda hoy en una charla con Cambian el Mundo desde su casa en Bogotá.
Entre aquellos ejemplares había una novela que marcaría el comienzo de una historia extraordinaria: Ana Karenina, de León Tolstói. “Ahí me hice amigo de León Tolstói. Ahí inició esta bola de nieve”, cuenta.
No fue un hallazgo casual porque desde ese día, José Alberto comenzó a rescatar de la basura cada libro que encontraba en buen estado. Con el tiempo, esa costumbre transformó su hogar en una biblioteca y lo convirtió en una referencia internacional en la promoción de la lectura. Pero la historia había comenzado mucho antes.

Las noches que lo cambiaron todo
José Alberto creció en una familia humilde de Colombia. Su padre trabajaba como albañil y su madre dedicaba sus días al cuidado de la casa y de sus cuatro hijos. Los recursos eran escasos aunque las buenas historias nunca faltaban.
“Le echo la culpa a mi madrecita y a mi padre”, dice y sonríe cuando le preguntan por el origen de su amor por los libros. Cada noche, su madre reunía a los hermanos para leerles cuentos. Algunos se repetían tantas veces que todavía los recuerda de memoria. “Yo le pedía que nos los leyera toda la noche. Éramos felices escuchando esas historias”, recuerda.
Y su padre aportaba la poesía. Solía declamar versos del poeta colombiano Julio Flórez, despertando en su hijo una sensibilidad especial por las palabras. Los domingos tenían también su propio ritual. Cuando llegaba el periódico, José Alberto se apuraba a buscar las aventuras y relatos publicados en sus páginas. “Desde muy chico descubrí que el libro iba a ser mi salvación. Que eran los mejores amigos”, asegura.
La fascinación fue creciendo con los años. Tanto que, cuando comenzó a comprar libros, muchas veces adquiría ejemplares escritos en idiomas que no conocía. “Compraba libros en alemán, en francés, en inglés. Me fascinaban. Sentía una atracción inmensa por los libros”.

Del camión recolector a una biblioteca popular
La vida no le ofreció demasiadas facilidades. “Vivíamos en un ranchito”, recuerda. Las dificultades económicas limitaron sus posibilidades de estudio y dejaron una marca profunda en su historia personal.
Ya casado y con una familia que sostener, aceptó un trabajo como conductor de una empresa de aseo. Necesitaba llevar dinero a casa y estaba dispuesto a trabajar donde fuera necesario. Fue entonces cuando apareció aquella caja de libros.
Lo que siguió fue el corazón de la historia. Cada vez que encontraba un ejemplar abandonado, lo rescataba. Poco a poco comenzaron a acumularse en su casa. Las habitaciones se llenaron de libros. Los pasillos también. Hasta que en el año 2000, junto a su esposa y su hija, decidió darles un destino diferente. Así nació La Fuerza de las Palabras, una biblioteca comunitaria construida a partir de libros que otros habían descartado.
La biblioteca que no presta libros
Con los años, el proyecto creció mucho más de lo que José Alberto había imaginado. Aunque nunca llevó un conteo exacto, estima que por su casa han pasado millones de ejemplares.

Los libros rescatados comenzaron a viajar por toda Colombia. Escuelas rurales, bibliotecas comunitarias, organizaciones sociales y poblaciones alejadas comenzaron a recibir cajas y toneladas de material de lectura.
Hasta el momento, la iniciativa ha llegado a 623 lugares diferentes del país. Sin embargo, el aspecto más singular del proyecto no es la cantidad de libros distribuidos, sino su filosofía. “Somos la única biblioteca del mundo que se da el lujo de que vienen a pedirnos un libro prestado y lo regalamos con todo el amor del mundo”, asegura orgulloso. Es que para José, el conocimiento crece cuando circula.
Una oportunidad para otros niños
Detrás de cada libro entregado existe una motivación profundamente personal. José Alberto nunca olvidó las limitaciones que marcaron su infancia ni la frustración que sintió por no haber podido acceder a más oportunidades educativas.
“Crecí con esa frustración de no haber estudiado más”, comenta y agrega que por eso, cada vez que visita una escuela o una comunidad, aprovecha para hablar con los más jóvenes sobre la importancia de la lectura. Les pide que lean en familia, que compartan historias con sus hermanos, con sus padres y con sus amigos. Está convencido de que los libros pueden abrir puertas, pero también fortalecer vínculos.

“Seguramente, si llevo muchos libros a los niños, no van a vivir esto”, reflexiona. Y no se refiere solamente a la pobreza material. Habla también de la falta de oportunidades, de la resignación y de los sueños postergados.
Donde otros ven basura
Casi treinta años después de aquel encuentro con Ana Karenina, José Alberto Gutiérrez sigue creyendo en el poder transformador de los libros. Lo que comenzó con una caja abandonada junto a la basura terminó convirtiéndose en una red de lectores, bibliotecas y comunidades unidas por las palabras.
Mientras miles de ejemplares continúan encontrando una segunda vida en sus manos, él sigue demostrando que las grandes transformaciones pueden surgir de los lugares más inesperados. Porque donde muchos ven residuos, José Alberto logró rescatar una inmensa riqueza con páginas e historias.












