Antes de ser noticia en el mundo por sus creaciones innovadoras recorrió un camino exigente.
Hernán Asto nació en Ayacucho, Perú, en un hogar donde la electricidad no era parte de la vida cotidiana. Tras la muerte de su padre cuando él tenía apenas cuatro años, su madre quedó a cargo de ocho hijos en condiciones muy precarias. Sin agua, sin luz, con lo justo.
Durante años, su rutina estuvo atravesada por la oscuridad. Las tareas escolares se hacían a la luz de velas o lámparas a kerosene. Ese esfuerzo cotidiano, silencioso, fue también el punto de partida de algo más grande. “Esa realidad no fue un límite, fue el impulso para cambiar nuestra vida”, recuerda.
Pero hubo un momento que terminó de marcarlo. Un incendio en su casa, provocado por una vela, arrasó con útiles escolares, ropa y pertenencias familiares. Era la víspera del inicio de clases. Su madre, desesperada, salió a pedir ayuda para conseguir lo necesario y que sus hijos pudieran volver a la escuela al día siguiente.

Esa escena —la urgencia, el dolor, la determinación— quedó grabada. Y con el tiempo, se transformó en una pregunta persistente: cómo evitar que la falta de energía siga condicionando la vida de otras familias.
El impulso que cambió su destino
La respuesta comenzó a tomar forma en la escuela secundaria, en el Colegio Emblemático González Vigil. Allí, un docente, Raúl Bravo, tuvo un rol clave. No solo lo acompañó, sino que lo desafió a pensar en grande.
“Me decía ‘campeón, tú puedes’. Me hacía creer que no importa de dónde vienes, sino lo que estás dispuesto a hacer”, cuenta Asto. Ese mensaje fue decisivo. A partir de entonces, orientó su curiosidad hacia un objetivo concreto: encontrar una solución que combinara ciencia y compromiso social.
En sus investigaciones descubrió que tanto las plantas como los microorganismos generan pequeñas corrientes eléctricas como parte de sus procesos naturales. Lo que parecía un dato científico más, para él se convirtió en una posibilidad. La pregunta fue cómo aprovechar esa energía.

Tras años de estudio y pruebas, logró desarrollar un sistema basado en celdas bioeléctricas. Utilizando un electrolito en el suelo, electrodos de grafito y microorganismos que descomponen materia orgánica, el dispositivo genera una reacción que libera electrones y produce corriente eléctrica. Así nació Alinti.
El proyecto tomó forma en 2017 y fue creciendo con el tiempo. La tecnología permite almacenar esa energía en baterías y utilizarla para iluminar espacios o cargar dispositivos electrónicos. Incluso incorpora un pequeño panel solar que mejora su rendimiento.
Mucho más que un desarrollo tecnológico
Para Asto, sin embargo, el valor del proyecto no está solo en su funcionamiento, sino en lo que puede provocar. “Un foco de luz puede cambiar la historia de una familia”, asegura. Y no es una idea abstracta. Es la síntesis de su propia vida.
Hoy, su emprendimiento busca llegar a comunidades que, como la suya, aún viven sin acceso a la electricidad. Lugares donde la luz no es un hecho cotidiano, sino una ausencia que condiciona el estudio, el trabajo y las oportunidades.

Con el tiempo, Alinti también comenzó a aplicarse en contextos urbanos, como sistemas de alumbrado público que integran plantas y ajustan su intensidad según el entorno. Pero el objetivo central se mantiene: reducir la brecha energética.
Volver al origen
Años después, Asto mira hacia atrás y reconoce el camino recorrido. Aquel adolescente que estudiaba con velas no imaginaba que trabajaría con grandes empresas tecnológicas ni que recibiría premios internacionales. Sin embargo, hay algo que no cambió: la convicción de que su historia podía convertirse en motor de cambio.
Su antiguo profesor sigue dando clases en la misma escuela donde todo empezó. Y él no olvida aquellas palabras que lo acompañaron en los momentos más difíciles. “Siempre me decía que yo era el campeón. Con el tiempo, me lo terminé creyendo”.












