Un enjambre de abejas apareció en el jardín de Clarence Chua en 2020. Y como suele ocurrir cuando una colonia ocupa un lugar donde viven personas, la primera pregunta fue qué hacer con ellas. Chua intentó encontrar a alguien que pudiera trasladarlas pero no encontró a nadie disponible. Entonces decidió aprender.
Buscó información en YouTube, comenzó a estudiar por su cuenta y más tarde se formó en apicultura. El aprendizaje tuvo el precio de decenas de picaduras. Pero también dio origen a una iniciativa que, seis años después, lleva millones de abejas lejos del exterminio.
Hoy, el ambientalista y emprendedor singapurense, de 42 años, rescata colonias que aparecen en viviendas, edificios y otros espacios urbanos. Según sus estimaciones, ha reubicado un promedio de unos 100 nidos por año, alrededor de seis millones de abejas. Su método comienza con algo muy simple aunque parezca riesgoso, acercarse.
Primero, escuchar el zumbido
Antes de ponerse el traje de protección, Chua observa. Evalúa el comportamiento del enjambre, calcula los riesgos y decide cómo intervenir. Si las condiciones lo permiten, trabaja con las manos y movimientos precisos para preservar la colonia.
La diferencia está en lo que ocurre después. No busca simplemente sacar las abejas de un edificio. Busca llevarse la colonia completa: las obreras, las crías, la reina y el nido, para que puedan continuar juntas en otro lugar.

“Lo que hacemos es una reubicación humanitaria. Eso significa que no les hacemos daño. Nos llevamos el nido completo, los bebés, la reina y las obreras intactas”, explicó Chua a Reuters.
El trabajo puede extenderse durante horas. La propia organización señala que una reubicación puede llevar hasta tres horas y que, después de localizar a la reina, la colonia completa es trasladada a uno de sus tres apiarios, ubicados en Bukit Timah y Changi. Allí las abejas reciben un nuevo espacio y recursos florales para alimentarse.
Los lugares donde aparecen las colonias pueden ser tan inesperados como los métodos para recuperarlas: desde viviendas y edificios hasta tuberías o motores de aviones.
Y el riesgo no es menor. En una ocasión, Chua subestimó el comportamiento de un enjambre y recibió alrededor de un centenar de picaduras en apenas 30 segundos.
Pero siguió adelante. Porque para él, el problema no son las abejas. El problema es que, cuando aparecen en el lugar equivocado, muchas veces la única solución que las personas conocen es eliminarlas.

Cuando una plaga deja de ser una plaga
Singapur es una de las grandes ciudades del mundo donde la naturaleza y la infraestructura urbana conviven de manera permanente. Las abejas forman parte de ese paisaje.
La autoridad ambiental de Singapur registra más de 130 especies de abejas en el país. Algunas, como la abeja melífera asiática (Apis cerana), se adaptaron especialmente bien a los ambientes urbanos y pueden construir sus nidos en techos, cavidades y otros espacios de las construcciones.
No se trata solamente de conservar una especie. Las abejas son polinizadoras fundamentales. Según la Junta Nacional de Parques de Singapur, alrededor del 70% de la flora nativa de los bosques de tierras bajas del sudeste asiático depende de la polinización de las abejas. También señala que estos insectos son importantes para numerosos cultivos alimentarios.
La propia ciudad reconoce su papel dentro de lo que denomina su modelo de “City in Nature”, una forma de integrar la biodiversidad a un territorio densamente urbanizado.
Del rescate a la educación
Salvar una colonia es apenas el primer paso. Chua también creó The Sundowner Nature Experience Centre, un espacio desde el que busca acercar a los habitantes de Singapur a la naturaleza. Allí desarrolla actividades vinculadas con la agricultura urbana, las abejas y la producción de miel. La idea es que la conservación no termine cuando una colonia abandona un edificio.

Una persona que observa de cerca cómo funciona una colonia puede dejar de ver únicamente un enjambre amenazante. Puede empezar a reconocer una comunidad de insectos que cumple una función dentro del ecosistema. Ese cambio de percepción es parte de la solución.
Y también ayuda a sostenerla: la reubicación requiere tiempo, equipamiento y conocimiento, mientras que las experiencias educativas permiten financiar y ampliar el trabajo.
La organización incluso ofrece alternativas para quienes quieren incorporar espacios para abejas en sus propias propiedades, mediante cajas diseñadas para favorecer la instalación de colonias. Así, el proyecto deja de ser solamente un servicio de rescate.
Una colonia después de otra
Hay algo difícil de imaginar cuando se habla de seis millones de abejas. El número es enorme, pero cada rescate empieza de una manera mucho más pequeña, con una llamada, un techo, una pared, un árbol, una tubería. Y alguien que decide acercarse en lugar de fumigar.
Chua también utiliza las redes sociales para mostrar su trabajo y acercar al público a esos rescates. El objetivo es que la conservación no ocurra a puertas cerradas, sino que las personas puedan entender qué sucede cuando una colonia aparece en medio de la ciudad.

Ahora quiere llevar esa experiencia más lejos. Entre sus próximos proyectos está la realización de un documental sobre las abejas nativas de distintos países y las relaciones que las comunidades humanas mantienen con ellas.
La historia que comenzó en un cobertizo de Singapur puede, así, convertirse en una conversación mucho más amplia sobre cómo las ciudades se relacionan con las especies que las habitan y que buscan con insistencia un lugar para vivir entre edificios grises. En Singapur, Clarence Chua lleva seis años buscando lugar para las abejas, una colonia a la vez.












