Mapean por primera vez la red global de hongos que sostiene la vida bajo tierra

Una investigación internacional logró mapear por primera vez a escala global las redes de hongos micorrízicos que se extienden por los suelos del planeta. La estimación es sorprendente. Unos 110 cuatrillones de kilómetros de filamentos subterráneos que transportan carbono, agua y nutrientes y mantienen una relación fundamental con las plantas.

Durante décadas, cuando se habló de la capacidad de la naturaleza para regular el clima, la mirada estuvo puesta principalmente sobre los bosques, los océanos y la vegetación que podemos observar a simple vista. Pero una parte fundamental de esa historia ocurre lejos de nuestra mirada más inmediata.

Debajo de la superficie terrestre existe una infraestructura biológica formada por millones de millones de filamentos microscópicos llamados hifas, que en conjunto forman el micelio de los hongos. Una parte de estos hongos establece asociaciones simbióticas con las raíces de las plantas y construye una red que conecta íntimamente la vida vegetal con el suelo.

Ahora, un equipo internacional de investigadores liderado por Justin Stewart y Toby Kiers, de la Sociedad para la Protección las Redes Subterráneas (SPUN) y la Universidad Libre de Ámsterdam, logró elaborar el primer mapa global de los hongos micorrízicos arbusculares. El trabajo, publicado en junio de 2026 en la revista científica Science, revela una dimensión de esta infraestructura subterránea que hasta ahora era difícil de imaginar. También contaron con la colaboración de científicos de Sudáfrica, Canadá, Reino Unido, Bélgica y Estados Unidos.

Los investigadores estiman que los primeros centímetros del suelo del planeta contienen alrededor de 110 cuatrillones de kilómetros de filamentos fúngicos. La cifra equivale a casi mil millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol, indica la Universidad de Ámsterdam.

El trabajo imprescindible en campo del equipo de SPUN

No es simplemente una red gigantesca. Es parte de uno de los sistemas que permiten que los ecosistemas terrestres funcionen.

Una alianza que comenzó hace más de 400 millones de años

Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre determinados hongos del suelo y las raíces de las plantas. Se trata de una relación evolutiva muy antigua: las evidencias científicas sitúan este tipo de asociación en una historia de más de 400 millones de años. El intercambio es, en esencia, una negociación biológica.

Las plantas utilizan la fotosíntesis para capturar dióxido de carbono de la atmósfera y convertirlo en compuestos orgánicos. Una parte del carbono producido termina siendo transferida hacia sus raíces y, desde allí, hacia sus socios micorrízicos.

A cambio, los hongos amplían extraordinariamente la capacidad de exploración del suelo. Sus diminutos filamentos pueden alcanzar espacios a los que las raíces por sí solas no llegarían y contribuir a que las plantas obtengan nutrientes como fósforo y nitrógeno, además de agua. La relación es especialmente importante porque las redes fúngicas funcionan como una extensión del sistema radicular de numerosas plantas.

Los hongos reciben carbono. Las plantas obtienen recursos. Y el suelo se convierte en el escenario de uno de los intercambios biológicos más importantes del planeta.

Actúan como tuberías vivas que conectan plantas, transportan nutrientes y ayudan a regular el clima

El carbono también viaja bajo tierra

Una investigación publicada en Current Biology en 2023 había estimado por primera vez a escala global cuánto carbono destinan las plantas a sus asociaciones micorrízicas.

El estudio calculó que las plantas terrestres asignan anualmente alrededor de 13,12 gigatoneladas de CO₂ equivalente a los hongos micorrízicos, una cantidad equivalente aproximadamente al 36% de las emisiones anuales de CO₂ procedentes de combustibles fósiles. (Nature)

Pero este dato necesita una aclaración fundamental. No significa que los hongos “eliminen” de manera permanente un tercio de las emisiones humanas ni que puedan compensar por sí solos el cambio climático. Se refiere al carbono que las plantas destinan a sus socios micorrízicos y que entra temporalmente en el sistema subterráneo.

El nuevo mapa global aporta otra medición. Los investigadores estiman que estas redes transportan aproximadamente 4.000 millones de toneladas de CO₂ equivalente hacia el suelo cada año, una cantidad equivalente a cerca del 11% de las emisiones humanas globales de CO₂, según la Universidad de Ámsterdam.

Son mediciones diferentes, pero ambas apuntan hacia la misma conclusión: los hongos micorrízicos desempeñan un papel mucho mayor en el ciclo global del carbono de lo que durante mucho tiempo se reconoció.

Un mapa construido a partir de 16.000 muestras

Hasta hace poco, uno de los principales problemas para comprender este mundo subterráneo era precisamente su invisibilidad. No podemos observar desde el espacio la red de hifas que atraviesa un suelo. Para conocer su distribución es necesario estudiar muestras, analizar ADN ambiental y combinar datos procedentes de numerosos ecosistemas.

El nuevo estudio reunió información de más de 16.000 muestras de suelo de distintas regiones del planeta y utilizó técnicas de aprendizaje automático e imágenes avanzadas para elaborar mapas de la densidad y distribución de estas redes.

El resultado permite empezar a responder una pregunta que durante mucho tiempo permaneció prácticamente abierta: ¿Dónde está la infraestructura fúngica del planeta? Y la respuesta revela que no se encuentra únicamente en los grandes bosques. Los pastizales esconden una enorme riqueza subterránea

Uno de los resultados más llamativos del estudio es que los pastizales albergan alrededor del 40% de toda esta infraestructura fúngica global.

Algunas de las regiones que presentan densidades particularmente elevadas incluyen los pastizales pantanosos de Sudán del Sur, los Everglades de Florida y sectores de la meseta tibetana.

El equipo científico reunió más de 16.000 muestras de suelo en nueve biomas

El hallazgo modifica también la forma de pensar la conservación. Durante décadas, las políticas de protección de la naturaleza se concentraron principalmente en animales, plantas y ecosistemas visibles. El mundo subterráneo quedó muchas veces fuera del mapa.

Pero si una parte significativa del funcionamiento de los ecosistemas depende de organismos microscópicos que viven en el suelo, proteger solamente lo que podemos observar puede resultar insuficiente.

Una biodiversidad que todavía conocemos poco

El problema es que sabemos mucho menos sobre los hongos que sobre otros grandes grupos de organismos. En marzo de 2026, investigadores de la Vrije Universiteit Amsterdam y de la Society for the Protection of Underground Networks (SPUN) señalaron que más del 70% de los ecosistemas del planeta todavía no han sido muestreados adecuadamente para estudiar estos hongos micorrízicos. mEs decir, el primer mapa global no representa el final del descubrimiento. Es apenas el comienzo.

Otra investigación publicada en 2026 avanzó todavía más al elaborar mapas de distribución para miles de especies de hongos micorrízicos y analizar cuánto de su área de distribución se encuentra dentro de zonas protegidas. Los resultados sugieren que estos organismos están sistemáticamente menos contemplados por las políticas de conservación que otros grupos. 

La paradoja es evidente: dependemos de una biodiversidad que todavía no conocemos suficientemente y que, en gran medida, ni siquiera forma parte de los mapas tradicionales de conservación.

Imágenes de redes fúngicas obtenidas con un microscopio/ Loreto Oyarte Gálvez – VU Ámsterdam, AMOLF

La agricultura también puede alterar esta infraestructura

Las redes micorrízicas no son estructuras indestructibles. Las modificaciones del suelo, la pérdida de cobertura vegetal y determinadas prácticas agrícolas pueden alterar las comunidades de hongos y las relaciones que mantienen con las plantas.

La cuestión es especialmente relevante en los sistemas agrícolas, donde la estructura del suelo y sus comunidades microbianas influyen sobre la disponibilidad de nutrientes y el funcionamiento de los cultivos.

La investigación científica también está explorando si determinadas prácticas de manejo pueden favorecer estas asociaciones naturales y si la inoculación con hongos micorrízicos puede utilizarse en determinados sistemas productivos.

Pero aquí también es necesario evitar soluciones mágicas.

Los resultados de las inoculaciones dependen del tipo de suelo, del cultivo, del clima y de las comunidades microbianas ya presentes. Estudios realizados a escala agrícola muestran que es posible predecir mejor la respuesta de los cultivos utilizando indicadores del microbioma del suelo, pero todavía no existe una receta universal para utilizar hongos como herramienta de restauración o captura de carbono. (Nature)

Los suelos superiores del planeta contienen unos 110 cuatrillones de kilómetros de redes fúngicas vivas/ Tomás Munita

La conservación necesita mirar hacia abajo

El descubrimiento plantea una pregunta que va mucho más allá de la micología: ¿Qué estamos dejando afuera cuando hablamos de proteger la naturaleza? Durante mucho tiempo, conservar significó proteger bosques, humedales, especies animales o plantas amenazadas. Ahora comienza a resultar evidente que también hay que pensar en lo que ocurre debajo de ellos.

Las redes micorrízicas participan en el transporte de nutrientes, agua y carbono y están estrechamente vinculadas al funcionamiento de numerosos ecosistemas terrestres.

Eso no significa que los hongos sean una solución independiente para el cambio climático. Reducir las emisiones de combustibles fósiles continúa siendo indispensable. Pero sí significa que la conservación y restauración de los suelos pueden formar parte de una estrategia climática y ecológica mucho más amplia. Y para hacerlo necesitamos conocer aquello que durante siglos permaneció fuera de nuestra mirada.

El internet que no necesita cables

La comparación con internet resulta inevitable. No porque los hongos tengan una inteligencia equivalente a la humana ni porque exista una “internet natural” literalmente organizada como la nuestra. La metáfora funciona porque sus hifas forman una enorme infraestructura distribuida que permite intercambios entre organismos y conecta procesos que antes parecían separados.

La diferencia es que esta red no necesita electricidad, servidores ni cables. Funciona bajo nuestros pies. Cada bosque, cada pastizal y cada suelo vivo puede esconder una parte de ella.

Y mientras nosotros discutimos cómo capturar el carbono que liberamos a la atmósfera, una enorme infraestructura biológica lleva cientos de millones de años haciendo algo mucho más silencioso: transportar carbono hacia el suelo y sostener las relaciones que permiten que las plantas crezcan.

Quizás una de las grandes lecciones de la ciencia contemporánea sea precisamente esa. La naturaleza no siempre guarda sus soluciones en aquello que podemos ver. A veces, la revolución está debajo de nuestros pies.