La psicóloga e investigadora argentina Ángela Sannuti comparte una pregunta que se convierte rápidamente en un disparador esencial: ¿Qué debería hacer la educación: transmitir conocimientos o ayudar a cada persona a descubrir quién es?
Asegura que esa pregunta sigue siendo una deuda pendiente de los sistemas educativos. La respuesta de la autora del libro La última vez que fuimos niños. Perder el miedo para abrazar la vida es que la escuela continúa formando personas para adaptarse antes que para conocerse.
“Seguimos creyendo que el niño es un recipiente vacío que hay que llenar y formatear, cuando en realidad cada uno trae su singularidad”, sostiene. Desde esa mirada, el problema no radica únicamente en los contenidos que se enseñan, sino en la concepción misma sobre la que se construye la educación. Para Sannuti, el modelo tradicional desconoce el mundo emocional, una dimensión esencial del ser humano.
“Estamos frente a una educación totalmente fragmentada y distorsionada, que deja afuera lo más precioso que tenemos los seres humanos, nuestra sensibilidad. La verdadera inteligencia surge de integrar nuestros sentimientos, nuestra afectividad y nuestra mente racional. No son dimensiones excluyentes.”

La educación del miedo
A lo largo de su investigación, Ángela identifica al miedo como un elemento que atraviesa gran parte de la experiencia educativa Dice que todos nuestros bloqueos emocionales, intelectuales y sociales tienen que ver con una educación basada en el miedo. «Donde hay miedo, hay bloqueo», repite.
Para la autora, esa lógica se prolonga incluso en la formación universitaria y termina moldeando la manera en que las personas se vinculan consigo mismas y con los demás. “Estamos desconectados de nuestra primera brújula, que son las emociones y los sentimientos.”
Fue esa convicción la que la llevó, después de años de trabajo clínico, a abandonar la consulta privada para dedicarse a coordinar talleres de investigación sobre la naturaleza humana. Explica que una persona que entiende por qué siente lo que siente, cuáles son sus pasiones, sus miedos y cuál es su propósito, no necesita depender de nada ni de nadie.
Una cultura que mira hacia afuera
Durante la entrevista con Cambian el Mundo, Ángela amplía la crítica más allá del ámbito escolar y la extiende al funcionamiento de la cultura contemporánea. Asegura que vivimos de espaldas a nosotros mismo y de cara al exterior.
En ese sentido, considera que las redes sociales reflejan esa desconexión interior. “Las redes terminan siendo la escenificación de un conglomerado de niños desesperados por ser vistos, aprobados y aceptados. Todo está puesto afuera. Nadie te alienta a ser vos mismo.”
Según explica, la educación tradicional favorece esa búsqueda permanente de aprobación.
“Todos quieren ser mejores o superiores, pero muy pocos ayudan a que una persona descubra quién es realmente. Donde hay dependencia hay miedo; el deber ser es hijo del miedo.”

Educar para despertar
La psicóloga sostiene que la finalidad de la educación debería ser la de acompañar el desarrollo de la singularidad de cada persona. “Educar es acompañar amorosamente a que el otro desarrolle lo que ya trae.”
En ese camino, asegura, la verdadera madurez no depende de la edad ni de la acumulación de conocimientos. “Una persona madura es una persona despierta. Es alguien que puede distinguir lo verdadero de lo falso, aquello que la fortalece de aquello que la debilita.”
Por eso insiste en que el mayor desafío educativo no pasa por incorporar nuevas tecnologías ni modificar programas escolares, sino por cambiar la manera en que entendemos el desarrollo humano. “Vivimos domesticados», asegura y agrega que «el mayor desgaste psicológico es vivir luchando contra uno mismo por intentar responder a mandatos y deberes que nos alejan de quienes somos.”
Más que cuestionar un método de enseñanza, Sannuti invita a que la educación que ayude a cada individuo a descubrir su singularidad, desarrollar sus capacidades y construir una vida más libre, consciente y auténtica.












