Guayana Páez Acosta: “No hay transformación colectiva sin transformación individual”

Con más de dos décadas de experiencia en América Latina y Estados Unidos, la venezolana Guayana Páez Acosta está convencida de que la sostenibilidad no puede pensarse sin una revisión profunda de la vida individual. Socióloga, con una maestría en medio ambiente, hoy vive en Miami y es fundadora de Athena Lab for Social Change, un espacio desde el que acompaña a líderes, organizaciones y empresas en procesos de transición hacia formas más sostenibles, desde lo personal hacia lo colectivo. También fue cofundadora de la Comunidad B en Venezuela.

Su recorrido profesional está atravesado por una pregunta persistente: ¿qué tipo de sostenibilidad estamos construyendo si no revisamos nuestras propias formas de vivir?

“Estamos viviendo una época de desmantelamiento de instituciones y referentes tradicionales. Es una transición profunda de la humanidad”, señala en Pausa, el programa de Vivian ‘Lulú’ Mathis. En ese contexto, sostiene que los desafíos de las organizaciones sociales y socioambientales no difieren tanto de los de otras instituciones, aunque sí tienen matices particulares: “Los problemas han crecido, se han complejizado, y eso nos obliga a hacernos preguntas mucho más profundas”.

Guayana es profesora de Yoga.

Para Páez Acosta, uno de los grandes errores ha sido pensar la sostenibilidad como un concepto externo, desvinculado de la vida cotidiana. “Hubo un momento en que me cuestioné: trabajamos por la sostenibilidad, pero ¿de cuál hablamos si no hacemos cambios en nuestros hábitos de consumo, en la forma en que vivimos, en nuestra relación con la tierra?”. Esa inquietud marcó un punto de inflexión en su camino.

Hoy, su enfoque pone el acento en lo humano. “El ojo hay que ponerlo en las personas, en cómo nos estamos relacionando y en cuestionar nuestras propias formas de accionar”. Recuerda que durante años muchas organizaciones trabajaron bajo esquemas rígidos de planificación, como el marco lógico, pero advierte que la velocidad de los cambios actuales exige nuevas formas de abordar la realidad. “Estamos en otra era. Y en ese contexto, el foco vuelve al ser humano”.

Ese giro también fue personal. Durante mucho tiempo, su trabajo estuvo centrado en lo colectivo, en los grupos. Sin embargo, con el tiempo descubrió la importancia de mirar hacia adentro. “Lo que creamos como grupo depende en gran medida de lo que llevamos dentro. Si no somos conscientes, terminamos replicando realidades que no queremos”.

Logró algo clave: conectar con la tierra.

Las transformaciones globales, atravesadas por desigualdades crecientes y escenarios de violencia sistemática, también impactan en el funcionamiento de las organizaciones. Páez Acosta observa un agotamiento en los modelos tradicionales de financiamiento y un cuestionamiento ético cada vez más presente. “Las organizaciones filantrópicas tienen menos recursos, y hay gobiernos que buscan desestabilizar a las organizaciones sociales”.

En ese escenario, también se resquebraja una narrativa histórica dentro del trabajo social: la del sacrificio absoluto. “Vengo de una generación donde se esperaba que dieras todo por la causa, como una especie de héroe o heroína. Pero hoy vemos niveles muy altos de agotamiento y una falta de sentido en muchos profesionales que no se hicieron ciertas preguntas a tiempo”.

Guayana recuerda que su vocación nació en el territorio. A comienzos de los 2000, trabajó con comunidades indígenas en el Delta del Orinoco, en Venezuela. Antes, durante su formación en Sociología, ya había comenzado como asistente de investigación, pero pronto entendió que no quería limitarse a analizar estadísticas. “Quería estar en el territorio, en contacto con la naturaleza, con comunidades que enfrentaban amenazas concretas”.

Siempre fue puente entre el terreno social y el ambiental.

Allí identificó una fractura que siempre consideró relevante: la falta de diálogo entre organizaciones ambientales y sociales. “Siempre estuve en ese puente entre lo social y lo ambiental”. Uno de sus primeros trabajos fue promover el reconocimiento de la cultura indígena por parte de instituciones locales. Sin embargo, con el tiempo comprendió que muchas decisiones que afectaban esos territorios se tomaban lejos de allí.

Ese aprendizaje la llevó a escalar hacia otros niveles institucionales, como su paso por la organización Avina. Pero ese alejamiento del territorio también tuvo un costo. “Me agoté. Sentí que algo no cerraba. ¿Cómo construir un futuro sostenible si seguimos reproduciendo las mismas inequidades?”. Ese cuestionamiento la llevó a tomar una decisión radical: soltar todo y volver a empezar.

Así comenzó una etapa de profunda introspección. “Me pregunté qué significa estar vivo, cuál es mi relación con otros humanos y con los no humanos”. En ese proceso, encontró una certeza que hoy atraviesa todo su trabajo. “Nuestro cuerpo está hecho de los mismos elementos de la tierra. Somos tierra. Y eso no es solo una idea, es algo que siento”.

Guayana destaca la importancia del autocuidado.

En esa línea nace Resilience Lab, un espacio que busca integrar transformación personal y cambio social. “No soy asesora ni coach. Facilito y sostengo un espacio donde las personas puedan explorar dos caminos: el interno y el colectivo”.

Un punto central de esta tarea está vinculado al desarrollo personal, donde trabaja con herramientas como la respiración y la meditación para reconectar con la fuente vital. “Vivimos en un estado de estrés permanente. Pero el estrés no es el problema, es una alerta. El cuerpo nos está hablando”. El objetivo es alcanzar estados más armónicos que permitan la regeneración. 

Desde ese lugar, plantea que el cambio no puede sostenerse solo desde lo intelectual. “Las narrativas son importantes, pero lo que digo hoy es porque lo siento. Y cuando lo sentís, nadie te lo puede quitar”. Ese enfoque también redefine el concepto de cuidado. “No puedo ofrecer un espacio de cuidado para otros si no soy capaz de hacerlo conmigo misma. El autocuidado ya no es algo superficial, es fundamental”.