El desperdicio de alimentos se ha convertido en uno de los grandes desafíos ambientales y éticos de la actualidad. Así lo plantea la reconocida ambientalista ecuatoriana Yolanda Kakabadse, quien en los últimos años ha puesto el foco en la necesidad de transformar la relación de la sociedad con la comida.
«Es una de mis grandes pasiones», asegura en el programa Pausa que conduce Vivian ‘Lulú’ Mathis, al referirse a esta problemática que no solo impacta en el ambiente, sino también en la equidad social. Según explica, el desperdicio de alimentos se ubica entre los principales emisores de gases a nivel global, debido a que gran parte de esos residuos termina en rellenos sanitarios, donde continúa generando emisiones.
“Son alimentos que podrían ser utilizados por quienes no tienen qué comer. En lugar de eso, los tiramos y no pensamos en la dimensión ética del problema”, advierte.

En Argentina, se desperdician y pierden alrededor de 16 millones de toneladas de alimentos cada año, según datos difundidos por la dirección de Agroalimentos de la Secretaría de Agricultura.
Kakabadse propone un cambio de mirada profundo: entender que la comida conserva su valor a lo largo de toda la cadena. “La comida es siempre comida. Desde que se cosecha, se transporta y llega al plato. Y lo que no usamos puede transformarse: en jugos, en alimento para animales o en compost, que vuelve a nutrir la tierra”.
Para graficar cómo pequeñas decisiones pueden generar grandes cambios, recuerda una experiencia en Suecia. En un hotel donde se alojó, un cartel en el desayuno advertía que se cobraría a los huéspedes por la comida que dejaran en el plato. “No había desperdicio. La gente tomó conciencia y empezó a hablar del tema”, relata.

La especialista también destaca iniciativas innovadoras que comienzan a surgir en distintas partes del mundo, como restaurantes que elaboran sus menús exclusivamente con alimentos que iban a ser descartados. “Eso empieza a convertirse en un sello de orgullo”, señala.
Sin embargo, más allá de las políticas o proyectos, insiste en que el cambio es, ante todo, cultural. “Es un chip mental que tenemos que modificar. Tirar comida es un comportamiento inaceptable”, afirma.
En ese sentido, subraya que la transformación es posible y cercana. “Es una conducta que puede cambiar fácilmente si empieza en casa. También hace falta presión social, pero lo cotidiano tiene un enorme poder”.
Para Kakabadse, recuperar la conexión con los alimentos es parte de la solución. “Nos hemos olvidado de oler, de saborear, de valorar lo que tenemos”, reflexiona.












