La holandesa que impulsa un proyecto de conservación holística en la Patagonia

Por Lorena Direnzo 

Una holandesa, directora de cine, terminó abocada a la conservación en una estancia del norte de la Patagonia que se convirtió en un modelo de manejo holístico. Se trata de Gwen Hulsegge. Llegó a Bariloche casi de casualidad, tras su curiosidad por haber visto una película que transcurría en la Patagonia Chilena. En estas tierras se enamoró de un argentino y hoy la pareja es responsable de la administración en la estancia Fortín Chacabuco, en el parque nacional Nahuel Huapi. La ubicación más precisa es a la altura del kilómetro 1628 en la ruta 237, a dos kilómetros del desvío a Villa La Angostura desde Bariloche.

Allá por 1999, Gwen suponía que la Patagonia solo correspondía a Chile. Ese año desembarcó en Santiago de Chile y fácilmente, llegó hasta Puerto Montt, pero cuando insistió en continuar hasta el sur, se encontró con una respuesta que no esperaba: “El barco ya se fue y no será posible viajar hasta la semana próxima”.

“¿Y entonces, cómo llego al sur”?, consultó. Le sugirieron que tomara un micro hasta la Argentina y que hiciera trasbordo en Bariloche. “¿Y qué es Bariloche?”, volvió a preguntar. Se encontró con una respuesta que la desconcertó: “El lugar más lindo del mundo”.

Al llegar a esa ciudad, como no hablaba ni una palabra de español, se le ocurrió ir al Club Andino a buscar información para continuar su recorrido por la Ruta Nacional 40. Allí conoció, también de casualidad, a quien tiempo después sería su marido. Nicolás Rodríguez Argumedo era un joven porteño estudiante de abogacía que pasaba unos días en el sur del país. La vida, sin dudas, está hecha de mágicas casualidades.

Desde 2013, Gwen y su esposo trabajan en Fortín Chacabuco.

Los muchachos pasaron dos días juntos hasta que Gwen continuó su viaje por la Ruta 40. Al despedirse, subió al micro llorando y una mujer que se sentó a su lado no pudo evitar preguntarle hacía cuánto que se conocían. “Como 48 horas”, le dijo entre sollozos. Cuando el micro se detuvo en El Bolsón, decidió pegar la vuelta a Bariloche.

“¿Estás loca?”, le dijo él en el reencuentro. Ella le propuso hacer ese viaje, pero juntos. Nunca más se separaron. Alquilaron un auto, cumplieron el sueño de Gwen y Nicolás entendió que no quería que su vida transcurriera en una gran ciudad sino entre las montañas.

“En 2001 me mudé de manera permanente a Argentina cuando decidimos que queríamos vivir en Patagonia. Me flasheaba la gente, la cultura. Acá no hay agenda: podés ir a la casa de alguien a tomar un té, sin avisarle una semana antes. Y me encantaba vivir en la naturaleza”, contó Gwen a Cambian el Mundo.

El desembarco en Patagonia implicaba otro desafío porque el cine casi no existía en la región. ¿De qué viviría? Por otro lado, en 2001, la sorprendió la debacle económica y social. Había dejado todo en Holanda para radicarse en un país sumido en la crisis. Como le fascinaba cabalgar y esquiar, encontró trabajo como guía de cabalgata y en el invierno, como instructora de esquí.
Nicolás, en cambio, abandonó el estudio de abogacía para ejercer como guía de turismo y comenzó a viajar más al sur con extranjeros. “Cada vez que paraba en una estancia, flasheaba: ‘Si algún día hay trabajo, llamame’, les decía. Y lo llamaron para manejar una estancia turística que tenía un esquema de conservación», contó.

Dos veces al año proponen “Tranqueras Abiertas” para estudiantes aspirantes a guías de turismo.

Así fue que en 2006, la pareja se mudó a la estancia El Cóndor en el lago San Martín, en Santa Cruz, con dos de sus hijos -uno recién nacido y otro de 3 años-. Vivían a cinco horas del pueblo más cercano. «Todos me preguntaban cómo me animaba a vivir con hijos tan chiquitos en una estancia. No se enfermaron nunca. En El Chaltén nació nuestro tercer hijo. Y cuando el grande nos reprochó que no tenía amigos, decidimos volver a Bariloche con la idea de buscar una estancia más cerca», relató.

En un momento, supieron que el propietario de la estancia Fortín Chacabuco, en la margen norte del lago Nahuel Huapi, buscaba un administrador. Se pusieron en contacto con este estadounidense en 2011, pero entonces, erupcionó el volcán Cordón Caulle Puyehue y, el hombre no pudo concretar su viaje. Pasaron dos años y medio hasta que la familia compró un motorhome dispuesta a emprender un viaje a Alaska. Semanas antes de la partida, recibieron una llamada del titular de la estancia para coordinar un encuentro. Había varios candidatos, de modo que decidieron posponer el viaje familiar.

«Pensábamos que no iba a interesarles contratar a un guía de turismo y a una exdirectora de cine para una estancia productiva. Pero nuestro perfil le gustó. Él tenía previsto donar la estancia a The Nature Conservancy que tiene como objetivo combatir la desertificación en Patagonia, aunque con algunas condiciones: no subdividir la tierra, hacer una producción holística, no construir casas comerciales y no hacer una explotación turística», resumió esta mujer que asumió el desafío de combinar la ganadería tradicional con una mirada moderna sobre el cuidado del ambiente.

Manejo holístico

En 2013 se instalaron en la estancia con la consigna de llevar adelante un manejo holístico de los pastizales, orientado a recuperar suelos y frenar la desertificación.

El objetivo es recuperar suelos y frenar la desertificación

Este concepto proviene de Allan Savory, un ecólogo y ganadero zimbabuense, y consiste en un método para la gestión de los ecosistemas mediante el uso del ganado. Este sistema permite una mejor conservación y explotación de los pastizales, consiguiendo revertir los procesos de desertificación a gran escala y mitigar los efectos del calentamiento global.

«Savory observó que muchos pastizales del parque estaban más sanos que las estancias cercanas donde se manejaban vacas. Se preguntaba cómo podía ser que un sector de la naturaleza salvaje estuviera mejor que un predio manejado por gente”, contó Gwen. Contó que cuando este biólogo se trasladó a Texas, Estados Unidos, observó lo mismo y comprendió que tenía que ver con una decisión sobre la tierra. “En los campos, dejaban los animales en un mismo lugar, comían el pasto que no llegaba a crecer y perdía fuerza hasta que ya no crece más y empieza la desertificación», describió.

Se estima que en Patagonia en los últimos 50 años, se registró una pérdida del 30% de los pastizales. En 2014 se construyeron 20 potreros en Fortín Chacabuco y cada seis meses, rotan todos los animales. De esta forma, los pastizales «tienen días para descansar». «Eso se convirtió en tierra y con el cambio climático, la tendencia es que empeore. En un primer momento, sacamos muestras del suelo en la estancia y arrojaba que tenía capacidad para 1.800 ovejas. Cinco años más tarde, nos daba 3.600 ovejas. Se duplicó el pasto», celebró.

La estancia tiene unas 4.500 hectáreas en ecotono, una zona de transición natural entre estepa y bosque. Cruza la Ruta 237 y el río Limay bordea el campo a través de 9 kilómetros. Gwen resaltó que el lugar tiene “una mezcla de partes quebradas de montaña con bosque de ciprés y maitenes y, estepa con mallines”.

Se estima que en Patagonia, en los últimos 50 años, se registró una pérdida del 30% de los pastizales.

Conservación

El eje de esta estancia es la producción con conservación y por eso, se diseñó de un plan integral de conservación. Un grupo de biólogos hizo un estudio a partir del cual se definieron las especies de fauna y flora más invasivos (como el ciervo, jabalí, visón, el pino, el sauce y la rosa mosqueta) y aquellas a proteger (el puma, el guanaco, el zorro, tucu-tucu, cóndor, mallines, chacay, neneo).

«Muchas especies son imposibles de erradicar, pero se pueden disminuir. Ahí empezó el desafío porque teníamos un presupuesto anual que cubría los sueldos, pero muy poco para poner en marcha un plan. Sacar un sauce del río sale 250 mil dólares. Entonces, durante mucho tiempo solo hicimos investigación, con poca acción. Hoy tenemos un cluster de conservación. Si cazamos ciervo y jabalí, como control, la carne tiene un valor, se puede vender y con eso, podemos proteger la estepa y los mallines», especificó.

Otro cluster está vinculado al pino, al ciprés y la estepa: «Como sacar el pino es caro, empezamos a sacar los renovales para que no se extiendan en el bosque. Y a la vez, estamos plantando cipreses que dona el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma) para heredar otro árbol en la estepa. El ciprés se ha ido extendiendo del oeste al este. Buscan los lugares secos y rocosos».

Otro punto está focalizado en la protección de los arroyos que «se están llenando con sauces y visones. Si logramos sacarlos, podemos volver a plantar chacay, un árbol autóctono que crece al lado del arroyo. A la vez, el visón habita la misma área del huillín».

En 2016, la estancia fue donada y el matrimonio trabaja para The Nature Conservancy.

Granito de arena

Gwen, de 55 años, es coordinadora del proyecto de conservación, mientras que su esposo, de 51, administra la estancia. Ninguno es ingeniero agrónomo, pero adquirieron mucha experiencia en Santa Cruz. Y más allá de amar el ritmo rural y la vida que llevan, hoy están seguros de que lograron poner «su granito de arena».

En estos años, Gwen hizo un máster en Adaptación Climática en la Universidad de Barcelona y junto a Nicolás, llevaron adelante cursos de manejo holístico que brinda el ingeniero agrónomo, Pablo Borrelli. «El primer año la ONG definió que la estancia sea modelo demostrativo. Y después de 10 años de experimento, tenemos un manejo holístico que funciona. En 2019 armamos un grupo con productores de Bariloche que se reúne mensualmente en algún campo. Entre todos se van analizando los casos de cada uno y se responden preguntas. Ha sido enriquecedor», comentó. De esos ocho productores, cinco ya arrancaron el manejo holístico. «Lo cierto es que la única alternativa en Patagonia para mejorar la producción y combatir el cambio climático que trae más temperatura y menos lluvia. Y el gobierno está convencido de que es el camino», dijo.

Fortín Chacabuco participa de 30 proyectos de investigación que recibe a biólogos de la región todos los días. Además, cuenta con un programa de intercambio cultural con voluntarios extranjeros que se suman de octubre a marzo. Gwen recalcó que los reciben “por techo y comida. Ahora, tenemos dos alemanes. Uno de ellos, por ejemplo, está instalando carteles en los senderos autoguiados”.

Aclaró que no pueden ofrecer actividades turísticas, aunque recibe grupos educativos. En tanto, dos veces al año, proponen el evento “Tranqueras Abiertas” que organizan junto a estudiantes aspirantes a guías de turismo. “Son dos horas en las que la gente camina estos senderos autoguiados con un guía les cuenta de geografía, biología y se aborda este trabajo de producción y conservación”, concluyó.