Lefteris Arapakis convirtió un problema ambiental en una oportunidad de transformación social y económica. Desde Grecia, impulsó a cientos de pescadores a retirar residuos del mar y creó un modelo de economía circular que demuestra que proteger los océanos también puede ser una actividad económicamente sostenible.
Durante generaciones, el mar Mediterráneo fue el lugar donde miles de familias encontraron su sustento. Pero también se convirtió, con el paso del tiempo, en el destino de toneladas de residuos plásticos que llegan desde las costas, los ríos y las propias actividades marítimas.
Lefteris Arapakis creció frente a esa realidad. Su familia lleva cinco generaciones dedicada a la pesca en el puerto de El Pireo, Grecia, y desde muy joven pudo observar que las redes de los pescadores no siempre regresaban cargadas de peces. Botellas, bolsas, envases y redes abandonadas aparecían atrapados entre las capturas.
En muchos casos, esos residuos eran devueltos al mar. No necesariamente por falta de conciencia ambiental, sino porque los pescadores no contaban con infraestructura ni incentivos suficientes para almacenarlos, trasladarlos y disponerlos adecuadamente.

En 2016, en plena crisis económica griega y preocupado también por el desempleo juvenil, Arapakis fundó Enaleia, una escuela destinada a formar profesionalmente a nuevos pescadores. El proyecto nació con una mirada puesta en la sostenibilidad de la actividad pesquera, pero pronto encontró una misión mucho más amplia.
El economista y activista comprendió que la contaminación marina no solo representaba una amenaza para los ecosistemas. También ponía en riesgo el futuro de las propias comunidades que dependían del mar. Así nació Mediterranean Cleanup, una iniciativa integrada en Enaleia que propone aprovechar los barcos pesqueros que ya salen diariamente al mar para retirar los residuos que encuentran durante sus jornadas de trabajo.
Cuando las redes empezaron a traer más plástico que peces
El punto de inflexión para Arapakis llegó durante una jornada de pesca. Entre los residuos atrapados en una red apareció una vieja lata de gaseosa. La fecha de vencimiento indicaba que había caducado en 1987.
“Esa lata había estado flotando e intoxicando el mar durante más de treinta años, mucho antes de que yo naciera”, explicó Arapakis. Aquella experiencia le permitió dimensionar la persistencia del problema y entender que los residuos que llegaban al Mediterráneo podían permanecer allí durante décadas.

La reacción inicial de otros pescadores tampoco fue sencilla. “Al principio me consideraban, literalmente, ‘el peor pescador de Grecia’ porque regresaba al puerto con más plástico que peces en mis redes”, recordó.
Sin embargo, el planteo comenzó a cambiar cuando la limpieza del mar dejó de ser presentada únicamente como una obligación ambiental y empezó a ser vinculada con la propia supervivencia económica de las comunidades pesqueras.
La lógica era muy provechosa: un mar más limpio significa mejores condiciones para la biodiversidad y, potencialmente, para la pesca. Y si además los pescadores reciben una compensación por retirar los residuos, la protección ambiental deja de ser una actividad separada de su trabajo cotidiano.
Una solución ambiental con lógica económica
Para Arapakis, allí está una de las claves del proyecto. “Recolectar basura en el mar suele ser una actividad prohibitivamente costosa debido a las manos y la logística necesarias”, explicó. La respuesta de Enaleia fue utilizar una infraestructura que ya existía: los barcos pesqueros.

Los pescadores reciben equipamiento, capacitación y un incentivo económico para recoger los residuos que encuentran durante sus jornadas y llevarlos a tierra en los puertos participantes. De esta manera, una actividad que anteriormente podía terminar con el plástico nuevamente en el agua se transforma en una acción de recuperación.
“Al darles un incentivo económico justo mensual por clasificar y traer el plástico a tierra, convertimos a los antiguos destructores involuntarios del ecosistema en los mayores guardianes y aliados del mar”, sostuvo Arapakis. El objetivo no es reemplazar la pesca, sino modificar la relación entre la actividad productiva y el ambiente. “No se trata de prohibir la pesca, sino de adaptarla para un futuro verde”, afirmó.
Del fondo del Mediterráneo a nuevos productos
El proyecto no termina cuando los residuos llegan al puerto. El plástico recuperado es trasladado para su limpieza, clasificación y procesamiento. Los materiales que pueden ser reciclados ingresan nuevamente al circuito productivo.
El PET, por ejemplo, puede transformarse en materia prima para la industria textil y terminar convertido en prendas de vestir. Las antiguas redes de pesca, uno de los residuos más problemáticos para los ecosistemas marinos, también pueden tener una segunda vida y convertirse en productos como trajes de baño, calcetines y mobiliario urbano.

El proceso convierte así un residuo que representaba una amenaza para la vida marina en un recurso que vuelve a incorporarse a la economía. La iniciativa ya involucra a más de 1.000 pescadores de Grecia e Italia y ha permitido retirar importantes cantidades de residuos de los ecosistemas marinos. Arapakis fue distinguido en 2020 como Joven Campeón de la Tierra por Naciones Unidas.
La experiencia impulsada por Arapakis plantea una pregunta que trasciende al Mediterráneo: ¿qué pasaría si las comunidades que viven de los océanos pudieran convertirse también en protagonistas de su recuperación?.












