Volver a crear sin pantallas: un refugio de resistencia creativa en tiempos de IA

Por Lorena Direnzo

En el mundo actual, bajar el nivel de estrés es una tarea compleja, casi imposible. Detenerse, respirar profundo y abstraerse es todo un desafío. Y desconectarse, tan solo por un momento, también. Mucho más cuando vivimos rodeados de pantallas, notificaciones y estímulos constantes. Un rincón de Barcelona propone tres horas de conexión con uno mismo, con el arte y la creatividad. En solo tres meses de vida, la iniciativa ha sido un éxito.

“Creamos un refugio para aquellos que sienten que la inteligencia artificial no nos aportará más beneficios que perjuicios. Quise hacer un pequeño espacio de resistencia cultural”, sintetizó Cristina Pineda, productora audiovisual y fundadora de Possible Films, dedicada a la publicidad. “Llevo trabajando 20 años y, desde hace algún tiempo, empezamos a ayudar también a talentos femeninos para que puedan sacar adelante sus cortometrajes y hacer una pequeña carrera dentro del cine”, explicó esta española de 51 años que, aunque ha trabajado con muchas directoras de cine a lo largo de su carrera, reconoce que en el sector publicitario las mujeres no tenían tantas oportunidades. Cuando había presupuesto alto, por ejemplo, solía ser otorgado a hombres.

A principios de 2025, el concepto de la inteligencia artificial comenzó a tomar más fuerza en todos los ámbitos. “Si bien años atrás ya se escuchaban las primeras voces sobre el tema, en 2025 empezamos a ver el verdadero impacto. En un año, con la inteligencia artificial, no habrá más rodajes, por ejemplo,” dijo Cristina, quien reconoció que, como herramienta de trabajo, “es fantástica” y la tienen integrada en su productora, junto con la tecnología. Sin embargo, genera controversia cuando sustituye la parte artística y artesanal de la creación pura.

La productora está ubicada en un bonito local del barrio de Sarrià-Sant Gervasi, en una zona alta y residencial de Barcelona. En el último tiempo, el equipo técnico no concurre tan asiduamente debido al teletrabajo. Entonces, Cristina se propuso aprovechar ese espacio de dos pisos y generar un movimiento artístico contrario a la inteligencia artificial.

“Cuando era pequeña, la parte cultural formaba parte de nuestra vida de forma natural. Ahora está completamente perdida. La escuela no la fomenta. En cambio, nos subimos al carro de la IA sin saber a dónde nos lleva. Como en mi entorno laboral y personal conozco a muchos profesores de arte, empezamos a buscarle una vuelta. Supe que quería montar un entorno sin intervención de la IA, que pusiera el acento en el proceso creativo,” comentó.

La propuesta fue que la gente se desconectara de su “móvil” y, con música de fondo, un profesor fomentara las inquietudes creativas. Uno de los talleres, por ejemplo, propone crear esculturas con barro. “Lo importante no es que te lleves una taza hecha con barro, sino que intentes aplicar esa creatividad en algo que, a lo mejor, no te aporte nada en tu vida, pero sí a nivel creativo. Así nació mi pequeña revolución para subsanar el efecto negativo de la inteligencia artificial,” puntualizó.

El nombre del espacio lo dice todo: Fakia. “El que lo entiende bien, y al que no, le explico,” agregó con tono sarcástico. La inteligencia artificial, insistió, “es magnífica a nivel científico y médico, pero a nuestros hijos los han ‘tarado’ con la tecnología, y aún más con la inteligencia artificial.”

Ocio de calidad

Hoy hay cuatro talleres fijos que brindan profesores con diversos perfiles. Un mexicano está más centrado en el dibujo y el grabado. Otra profesora de Bellas Artes se inclina por las técnicas más académicas; mientras que otros dos profesionales invitan a la experimentación en las artes plásticas, como el uso de barro o la elaboración de lámparas con papel, entre muchas otras propuestas.

Tras el recorrido de los talleres durante tres meses, Cristina está elaborando un calendario anual en función de la demanda. La idea es que cada encuentro fomente el amor por la cultura y el arte. La próxima convocatoria, por ejemplo, estará inspirada en la escultora argentina Alicia Penalba, nacida en 1913 en San Pedro, provincia de Buenos Aires. Sus obras se enmarcan en el movimiento de arte abstracto no figurativo. “Vamos a analizar la obra de esta mujer. De esta forma, la gente conoce el arte contemporáneo que no se estudia tanto en los colegios, a diferencia del arte clásico. La obra revolucionaria de esta mujer nos va a permitir intentar trabajar con sus conceptos de movimiento, antigravedad y visualización. El taller no solo pretende hacer una pieza específica, sino aportar algo más. Conociendo la cultura a través de alguien, incentivamos el amor hacia las artes. Es ocio, pero de calidad,” analizó la española.

Valoró también que el espacio es acogedor y no parece un taller, ya que prevalece “la luz de calidad y paredes verdes oscuras.” El perfil del público, añadió, es ecléctico, aunque acude mucha gente de entre 25 y 35 años, con estudios superiores. “Muchos talleristas son biomédicos (nada más alejado del entorno artístico), y recibimos muchas mujeres empoderadas, de entre 35 y 60 años. Es gente que siente la negatividad de estar ultraconectada,” detalló. Una vez que la gente ingresa al taller, se escucha “ruido” en un primer momento: la gente se saluda, se conoce, charla. Pero una vez que arranca la música, de repente, durante la primera media hora, el silencio se torna absoluto en el ambiente. La gente pone el foco en ese momento. Se abstrae. Se concentra. La desconexión se logra, aseguró orgullosa Cristina.

“En la entrada, hay una cesta donde pedimos que dejen sus móviles, aunque también nos encontramos con gente que no quiere soltarlos (sorprendentemente, personas mayores). En estos casos, pedimos que, al menos, los aparatos no estén en la mesa. Es increíble, pero no pueden liberarse de esa necesidad de estar siempre conectados. La sensación de que tenemos que ser siempre inmediatos,” planteó.

De todos modos, los talleres cumplen su función: logran un momento de introspección, un momento más físico, de creación con las manos y, por lo tanto, más humano. Y en este proceso, Cristina siente que aporta mucho: “La gente sale mejor de lo que ha entrado y con la sensación de que puede trabajar esta conexión enfermiza. No se trata de competir con la tecnología, pero se puede alcanzar una vida paralela. Es un granito de arena, de salud y terapia. Todos tenemos un terapeuta en la vida – lo aconsejo y lo defiendo -, pero hay más terapias a nuestro alcance con las que podemos trabajar.” El desafío es lograr el equilibrio emocional.

Fakia, un emprendimiento familiar

Fakia se ha convertido, de alguna forma, en un emprendimiento familiar. El esposo de Cristina es director creativo y lleva adelante la imagen y la comunicación de los talleres. Ella se encarga del contacto con los profesores. Sus hijos suelen acompañarla al estudio cuando se trata de preparar los talleres. Y, de repente, esos adolescentes, “adictos al móvil,” agarran un pedazo de barro. “Es sorprendente. El tener los materiales cerca genera la curiosidad de querer probarlos. Tocarlos.”