Lo que comenzó hace 16 años con unas remeras convertidas en “hilachas” y unas alfombras artesanales terminó convirtiéndose en una empresa social textil que produce, vende, viaja y construye inclusión laboral. En Maquinando, ocho personas vinculadas a Camino Abierto encontraron, cuando cosían, un lugar para trabajar, decidir, crear y nombrarse desde sus capacidades.
Una remera vieja puede convertirse en una alfombra. Y una alfombra puede convertirse en el comienzo de una empresa.
Hace 16 años, cuando todavía no existía Maquinando, un grupo de personas vinculadas al proceso de desmanicomialización en Bariloche necesitaba encontrar una manera de generar recursos para poner en marcha un proyecto que recién comenzaba a tomar forma.
Una compañera dijo que sabía hacer “totoras caseras”. Tomó una remera, comenzó a cortarla y a convertirla en una larga tira de tela. Después llegaron las primeras alfombras, coloridas y artesanales. Las vendieron. Y con ese dinero compraron los primeros insumos.
Así nació Mostrando la Hilacha, el nombre que tuvo inicialmente la experiencia que con el tiempo se transformaría en Maquinando, una empresa social textil que hoy funciona en el primer piso de Camino Abierto y que tiene como horizonte la inserción social y laboral de personas vinculadas al ámbito de la salud mental.
La historia parece sencilla. Pero detrás de cada costura hay una transformación mucho más profunda.

El trabajo como una forma de construir identidad
Patricia Franco es psicóloga social y coordinadora de Maquinando. Cuando recuerda los comienzos, aparece una palabra que define buena parte de la experiencia: remarla.
Camino Abierto comenzó a gestarse en 2008 como un centro cultural relacionado con el proceso de desmanicomialización impulsado por la legislación de Río Negro. El Hospital Zonal aportó personal y un espacio físico. Pero había algo que no estaba contemplado. Eran los insumos, los talleres, las herramientas necesarias para que el proyecto pudiera sostenerse. “Eso no entraba en el proyecto. Tuvimos que remarla”, había contado Patricia en una entrevista publicada años atrás por Cambian el Mundo.
La necesidad de generar recursos llevó al grupo a participar en ferias. Y así apareció la primera producción. Con el tiempo, la experiencia fue creciendo y se transformó en una empresa textil.
El nombre Maquinando surgió después, a partir de una idea que resume perfectamente el espíritu del proyecto: maquinar como sinónimo de pensar y maquinar como trabajar con máquinas. Hoy son ocho personas. Todas socias. Cada una con sus capacidades, sus preferencias y sus tiempos.
Algunas se sienten más cómodas cosiendo. Otras hacen serigrafía o estampado. También hay quienes se ocupan del control de calidad, revisando las prendas y cortando las hilachas que puedan quedar.

La organización no responde solamente a criterios productivos. También busca que el trabajo sea un espacio de bienestar. Por eso las decisiones importantes se toman en asamblea. Se evalúa qué productos fabricar, qué trabajos aceptar, cómo distribuir el dinero que ingresa y en qué utilizarlo.
Hay trabajos que implican demasiadas piezas, demasiada complejidad o que pueden generar nerviosismo. En esos casos, explican, prefieren elegir otras producciones. Porque en Maquinando la productividad no está por encima de las personas.
De “tener un diagnóstico” a “ser costurero”
Quizás una de las mejores maneras de comprender lo que significa el proyecto sea escuchar cómo cambió la forma en que sus integrantes se presentan ante el mundo. Patricia recuerda que, al comienzo, algunas personas llegaban diciendo: “Soy psicótico”,“tengo esquizofrenia”, “tengo retraso mental”.
Después de atravesar el Centro Cultural y los distintos espacios de participación, empezaron a presentarse de otra manera: “Soy murguero”, “soy actor”, “soy costurero”. El cambio es importante porque implica pasar de ser definidos por un diagnóstico a reconocerse por lo que pueden hacer, crear y aportar.
En ese sentido, Maquinando no es solamente un emprendimiento productivo. Es también un espacio donde se construye identidad.

“Es un sueño cumplido”
Carmen es una de las integrantes del taller. Allí confecciona delantales, bolsas y otros productos. Pero su relación con las máquinas de coser tiene algo de revancha personal.
De joven quería aprender a manejar, cuenta, pero había crecido rodeada de hombres que sostenían que una mujer no debía hacerlo. Hoy encuentra en otra máquina una forma de realización. La máquina de coser exige precisión: mirar la aguja, colocar la tela, guiarla y conseguir que la costura avance en línea recta. Para Carmen, hacerlo es mucho más que una destreza adquirida, “es un sueño hecho realidad”.
Gloria también está desde los comienzos. Cuando llegó a Maquinando no sabía enhebrar una aguja ni utilizar una máquina de coser. Aprendió mirando a una compañera. Hoy vende los productos que fabrica y habla de ellos con orgullo. “Cuando vendo un delantal, vendo una bolsa, es una emoción muy grande para mí”, cuenta.
Y después aparece su otra especialidad, la de vender. “Soy muy buena vendedora”, dice entre risas. Cuando alguien llega al taller, Gloria explica cómo trabajan, qué hacen y qué significa la empresa social.
No solamente vende un producto. Cuenta una historia.

Bolsas, delantales y pañuelos que llevan un mensaje
A lo largo de los años, Maquinando fue ampliando su producción. Confecciona delantales, bolsas reutilizables, cestas, pañuelos y otros productos textiles.
Las bolsas reutilizables tuvieron un papel especialmente importante en la historia del emprendimiento. En 2012, a partir de la normativa que prohibió las bolsas plásticas en Bariloche, el taller realizó uno de sus primeros trabajos formales de mayor escala.
También produjo delantales para jardines municipales y participó de diferentes eventos y convocatorias. Las frases que usan convierten a los productos en piezas particulares. El grupo decidió incorporar mensajes vinculados con la vida, el feminismo, los derechos y la salud mental.
Una de ellas dice: “Más vale loca firme que cuerda sola”. La frase provoca sonrisas, pero también interpela.
Uno de los trabajos que más orgullo genera dentro del taller es el pañuelo por la desmanicomialización. La iniciativa nació a partir de una convocatoria destinada a crear un pañuelo que representara esta lucha. Maquinando se presentó junto con otras organizaciones y su diseño fue elegido. Desde entonces, el pañuelo comenzó a viajar. Congresos nacionales, latinoamericanos e internacionales. Y también lugares inesperados. Durante la época del Mundial, uno de esos pañuelos llegó incluso hasta Qatar, llevado por personas que participaron de un congreso.

Personas de distintos lugares del mundo mostrando el pañuelo que había sido diseñado y producido en un pequeño taller de Bariloche.
Todas sus integrantes son socias y participan de las decisiones. Cuando ingresa dinero, se discute colectivamente cómo distribuirlo. Cuando aparece un nuevo pedido, se evalúa si es conveniente y si pueden realizarlo sin alterar el bienestar del grupo.
“Privilegiamos a las personas y su entorno”, había definido Patricia. Esa frase resume una filosofía.
Hace 16 años todo comenzó con unas remeras convertidas en hilachas. Hoy hay una empresa social, ocho socias, productos que circulan por distintos lugares y un pañuelo que llevó la palabra desmanicomialización mucho más allá de Bariloche.
Pero quizás la transformación más importante no pueda medirse en cantidad de productos vendidos. Y sí en ese cambio que Patricia observó a lo largo de los años. Dejaron de presentarse desde el diagnóstico para empezar a hacerlo desde la propia identidad.












