El director de TECHO y un desafío que transforma: «Que nadie viva en piso de tierra»

Una experiencia de juventud en un barrio atravesado por la pobreza despertó una vocación que marcaría su camino profesional. Hoy, al frente de TECHO Argentina, Maquieyra trabaja para mejorar las condiciones de vida en los barrios populares. En una entrevista con Pausa, reflexionó sobre la solidaridad, las desigualdades y la importancia de involucrarse para transformar la realidad.

A los 19 años, Juan Maquieyra tuvo una experiencia que cambió su manera de mirar el mundo. Había llegado desde General Pico, La Pampa, a Buenos Aires para estudiar Relaciones Internacionales, cuando una actividad universitaria lo llevó a conocer un barrio atravesado por la pobreza.

Allí vio a un grupo de chicos de nueve y diez años jugando alrededor de un contenedor de basura. La imagen lo impactó y despertó una pregunta clave para definir su vocación. “Yo a los nueve años jugaba en la pelopincho del patio de mi casa, no alrededor de la basura. No puede ser que nadie resuelva esto”, recuerda en una charla con Vivian Mathis en Pausa. Y agrega: “Acá evidentemente a nadie le importa un carajo, entonces hay que meterse a cambiar esto”.

Ese fue el comienzo de un recorrido por la gestión pública y el trabajo social que, años después, lo llevaría a convertirse en director ejecutivo de TECHO Argentina.

Desde su experiencia recorriendo comunidades, Maquieyra destaca especialmente la solidaridad que encuentra en los barrios populares. “Creo que venimos más preparados para cooperar que para odiarnos y pelearnos”, asegura. También resalta la capacidad de trabajo, el esfuerzo cotidiano y la creatividad de las familias para salir adelante en contextos difíciles.

Sin embargo, advierte que el esfuerzo individual no alcanza cuando las oportunidades están condicionadas por el lugar de nacimiento. “Muchas veces dónde nacés define cómo te va a ir en la vida”, señala. En ese sentido, menciona las diferencias en la esperanza de vida entre sectores de la Ciudad de Buenos Aires y las desigualdades que persisten entre quienes nacen en barrios formales y villas. Para Maquieyra, el desafío es construir una Argentina donde esas diferencias no determinen el futuro de las personas.

Una misión: que nadie viva en un piso de tierra

Al frente de TECHO, encuentra en el propósito de la organización uno de los principales motores de su trabajo. “Nosotros tenemos muy elaborada la respuesta a la pregunta ‘¿vos de qué trabajás?’: «De que nadie viva en piso de tierra en Argentina”.

Además de destacar el profesionalismo y la transparencia de la organización, valora la energía de sus equipos jóvenes y plantea que el liderazgo consiste en generar las condiciones para que cada persona pueda desarrollar sus capacidades. “Liderar es generar las condiciones para que la gente pueda desplegar su potencial a nivel individual y colectivo”, sostiene.

El contacto cotidiano con la precariedad habitacional también deja marcas. Maquieyra recuerda las visitas a viviendas sin baño, con conexiones eléctricas peligrosas y condiciones que ponen en riesgo la vida de sus habitantes. Incluso comparte una experiencia junto a su hijo Luca, quien lo acompaña algunas veces a las jornadas de construcción.

En una oportunidad, el pequeño le dijo que no quería entrar a una casa porque no soportaba el olor. El baño de aquella familia era el patio de la vivienda. Son situaciones que, reconoce, lo interpelan profundamente. Pero lejos de buscar tomar distancia de ese dolor, considera que mantener la sensibilidad es parte esencial del compromiso social. 

“Uno de los desafíos lindos de la vida es sostener el corazón abierto”, reflexiona. Y agrega: “Me parece que la vida es más grande así, no más chica. Uno se deja interpelar para intentar después, con las cosas que hacemos, cambiar eso”.

Para el director ejecutivo de TECHO, esa posibilidad de involucrarse y actuar es también una fuente de sentido y gratitud. Compartir una comida con una familia, conocer sus dificultades y trabajar para mejorar sus condiciones de vida forman parte de una misma experiencia.

Su convicción es que las grandes transformaciones pueden comenzar con pequeños encuentros, ideas compartidas y personas dispuestas a dar el primer paso. “Tal vez terminás sembrando la semilla que años después realmente cambia el mundo”, concluye.