Es físico, estudia la felicidad y asegura que «los lugares comunes» son la clave

Por Daniel Pardo

¿Es posible ser feliz todo el tiempo? Para el investigador Alejandro Cencerrado, no solo es imposible: puede ser una trampa.

Esa es la premisa de En defensa de la infelicidad, el libro en el que volcó 17 años de observación sistemática sobre su propio bienestar. Durante ese tiempo —atravesado por atardeceres soñados, encuentros perfectos y también tormentas insoportables— llegó a la conclusión de que la felicidad sostenida en el tiempo no existe y los malos días son inevitables.

Nacido en Albacete, España, es licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid, experto en estadística y analista de datos en el Instituto de Investigación de la Felicidad, en Dinamarca. Desde allí estudia qué factores influyen en el bienestar de las personas, aunque advierte que su trabajo está lejos de ser tan “mágico” como muchos imaginan.

«Analizo datos continuamente de miles de personas para comparar quiénes se sienten mejor y peor y qué los diferencia. Eso permite implementar políticas que mejoren sus vidas», explicó. El enfoque del instituto, según detalló, se centra en aspectos que pueden modificarse. Por ejemplo, dejaron de medir la autoestima porque «no sabemos cómo cambiarla».

Alejandro brinda charlas sobre la felicidad

A partir de ese análisis, uno de los factores más determinantes aparece con claridad: los vínculos sociales. “Las relaciones sociales son muy importantes. En su lado negativo, está la soledad», afirmó. En ese sentido, subrayó el valor de generar espacios de encuentro, incluso en ámbitos cotidianos.

Por eso, consideró clave que en los edificios existan áreas comunes que favorezcan el contacto entre vecinos, ya que permiten encuentros frecuentes y fortalecen el sentido de comunidad. Lo mismo ocurre con los clubes de barrio, que funcionan como espacios de integración.

Esa lógica también fue respaldada por políticas públicas. En Inglaterra, el llamado Ministerio de la Soledad identificó como una de sus medidas más efectivas la inversión en espacios comunitarios. El objetivo: reducir el aislamiento y mejorar la calidad de vida de la población.

El interés por el bienestar también comenzó a instalarse en el mundo laboral. «Veo que los jefes se preocupan mucho por el bienestar de los empleados; muchas veces nos contrataron para eso», señaló Cencerrado. Se trata de una tendencia que se observa especialmente en Dinamarca, donde —por una cuestión cultural— el bienestar suele ubicarse por encima de la riqueza económica.

“Nuestro cerebro está hecho para estar insatisfecho” asegura.

En ese marco, también defendió la idea de que la felicidad puede medirse. «En general, la gente no cree que se pueda convertir en un objetivo serio, pero cuando tomás decisiones en función de los datos, te das cuenta de que sí es algo real», sostuvo.

El dinero, en tanto, juega un rol clave, aunque con matices. «Si no tenés para pagar un dentista o el colegio de tus hijos, el dinero cuenta, y mucho», comentó y agregó que los datos muestran que la falta de recursos impacta negativamente en el bienestar. «Tener poco afecta la felicidad», apuntó aunque aclaró que ese efecto tiene un límite. A partir de cierto nivel de ingresos —cuando ya están cubiertas las necesidades básicas— el dinero deja de tener un impacto significativo. Es el punto en el que las decisiones pasan por lujos, como cambiar de celular o construir una segunda vivienda.

Esa lógica individual también tiene una traducción a nivel social. «Si a nivel país queremos aumentar el bienestar de la mayoría, tenemos que redistribuir la riqueza. Sé que es polémico, pero es lo que hacen los países más felices», planteó.

Sugiere aceptar la incomodidad, la tristeza y la incertidumbre como partes inevitables de la vida.

«Nuestro cerebro está hecho para estar insatisfecho»

Esa característica también quedó en evidencia en su propia experiencia. Durante los años en los que registró su estado de ánimo, se encontró con días en los que «debía ser feliz» y no lo fue, y otros en los que ocurrió lo contrario. Incluso atravesó situaciones extremas, como la muerte de una tía.

«Esa noche tenía que anotar cómo me sentía y no me sentía mal. No era que no me importara, sino que no era consciente de lo que había pasado en ese momento. Además, cuando alguien se muere, la familia te arropa mucho, y eso también es muy lindo», recordó.

Para Cencerrado, buena parte del problema radica en las expectativas culturales sobre la felicidad. La idea de que deberíamos sentirnos bien todo el tiempo no solo es irreal, sino que puede generar frustración.

Por eso propone un cambio de enfoque: empezar a ser más honestos con lo que sentimos y abandonar ese «corset cultural» que impone cómo deberíamos estar. En lugar de perseguir una felicidad constante, sugiere aceptar la incomodidad, la tristeza y la incertidumbre como partes inevitables de la vida.

Escucha un fragmento de la entrevista radial