Por Daniel Pardo
Según la numerología, el 38 combina dos fuerzas muy potentes. El 3 está vinculado a la comunicación, la creatividad y la expresión. Por su parte, el 8 está asociado al poder, la materia, abundancia y los logros. Juntos, representan el proceso de llevar una idea o un deseo al plano real. No es casual que ese número, con su simbolismo de transformación, haya atravesado la historia de Herreros de la Luz.
David Varano es el creador de Herreros de la Luz, un espacio que une el arte y la transformación social en Bariloche, por donde pasaron ya 1700 jóvenes y sus sueños. Admite que recién a los 45 años encontró su verdadero trabajo. Hace poco publicó el libro que describe los distintos capítulos de esta inmensa experiencia.
El primer paso sucedió en 2014, fruto de un encuentro de amigos en un café de la ciudad. “Fue después de alguna de esas charlas típicas argentinas en las que cambiamos el mundo en 20 minutos y después nos vamos a nuestras casas. Un día pensé que quería hacer algo en serio”, recordó.

David es diseñador gráfico y web; dice que decidió seguir en el rubro, pero cambiar de área. “Lo que hice fue diseñar una realidad distinta para un montón de chicos”, definió y contó que el punto de partida de la iniciativa sucedió en el barrio 270 Viviendas, una zona vulnerada de la ciudad. La escena la recuerda con precisión: “Me paré a mitad de cuadra en el pulmón del barrio y miré a un costado. Había cinco chicos tomando cerveza y fumando porro. Y del otro lado, un galpón abandonado que era el ex obrador de la empresa que había construido el barrio”, describió. David, en el medio, sintió que podía ser puente.
El siguiente paso fue resolver qué iba a hacer en ese galpón. “Se me vino soldar. Algo muy simbólico porque, entre tanta separación que hay en el mundo, soldar tiene que ver con unir. Y no me imaginé ir a comprar varillas a un corralón”, contó. En realidad, pensó en trabajar con los desechos metálicos que, con manos creadoras, pueden convertirse en algo tan bello como una escultura. “Hay mucha gente que también se siente desecho. Y esto iba a permitir ayudar a transformar esas vidas”, apuntó.
A la convocatoria llegaron chicos y chicas que se encontraron con una propuesta que era algo más que solo aprender a soldar. En Herreros de la Luz también podían ser escuchados o recibir un abrazo. Cada joven que llegaba al galpón era recibido con una hoja en blanco para que escribiera su nombre y su sueño. Para David, cuando se ataca la pobreza espiritual, otras pobrezas también se retiran.

Entre tantas historias conmovedoras, David atesora una en especial: la de Martín.
Tenía 14 años cuando se acercó a Herreros de la Luz. En una caja, todos los que llegaban dejaban su teléfono celular. Es una regla. Martín cumplió con el pedido y, además, sobre el aparato puso un revolver calibre 38. Los chicos miraron con atención la escena que se repitió durante una semana hasta que David le preguntó el motivo. “Me la dieron los pibes del barrio porque todo es una mierda”, respondió. Y ante la pregunta de por qué, dijo que Dios no existe “porque le vivo preguntando cosas y nunca me contesta”.
Ese día David lo acompañó para poder continuar con la charla. En esa caminata nocturna se enteró de que Martín era de la localidad rionegrina de Allen y que había perdido a su papá, a su mamá, a la hermana y a un tío en un accidente de tránsito. Solo él quedó vivo con 13 años. Por eso llegó a Bariloche para vivir en la casa de su padrino.

Martín ya no llevó más el arma al taller y, a los 6 meses de ese episodio, David cortó de forma inesperada la electricidad en el taller para preguntarles a los chicos qué escuchaban. Repitió la pregunta dos veces más. “Si no escuchan nada, pueden escuchar todo. Estamos llenos de ruidos y por eso no podemos prestar atención a lo que nos dicen desde adentro”, definió. Lo miró a Martín y le dijo: por ahí te están contestando, pero con tanto ruido no escuchás. Los invitó a que se encuentren con la naturaleza, sin celular, solo a escuchar.
Pasaron otros 6 meses y un día, al final del taller, Martín se quedó para hablar con David. Con lágrimas, le dijo que le había hecho caso. Que se había ido a una laguna y que, cuando estuvo ahí, en silencio, escuchó. “Me dijo que yo era bueno y que mi papá, mi mamá y mi hermanita estaban bien”, le compartió, sacó el revolver calibre 38 y le pidió que lo destruyera. David se negó. “Mejor, vamos a transformarlo”, le propuso. El tambor se convirtió en el cuerpo de un chico con el pecho en alto. “Esa arma se convirtió en él mismo. Esa escultura la tiene hoy el músico Alejandro Lerner al lado de un premio Gardel”, contó.
Martín vive ahora en Neuquén y se dedica a la herrería. David cuenta orgulloso que cada tanto los chicos que pasaron por el taller le preguntan si necesita plata para comprarse unas zapatillas. Y se acordó también de Chiri, un pibe que pasaba horas en una esquina sin rumbo. “Hoy está haciendo el techo en una estación de servicio en el kilómetro 1. Cuando paso por ahí, lo veo arriba, soldando. Y está arriba, no está más abajo. Solo porque alguien lo escuchó y le dio bola”.












